15/01/2012

Síndrome del precipicio eterno

Cada tanto me invade una especie de dolor extraño. No puedo explicarlo y no tiene lógica, al menos yo trato de no buscarla demasiado porque sino, sólo llego a respuestas superficiales o patéticas. No puedo escarbar muy en el fondo de mí, a penas puedo interpretar ciertas manifestaciones que muchos académicos creen que pueden entender (como arrancarse las uñas o retorcerse las manos).

No tengo que darle demasiada importancia, es intermitente, síndrome del precipicio eterno le digo yo: se escala sudoroso, con los pies y la espalda doliendo, al borde del llanto y quizá preguntándose por qué caraj* se está escalando. Al final nada importa y se puede saltar, en vuelo, siendo recompensado por la brisa de la caída, para impactar en lo efímero o cualquier tema de preocupación y se vuelve a escalar.

En esos momentos escribo, escribo tonterías, escribo cosas serias, continuo viejas o empiezo nuevas. Espero a que se pase y trato de usar el dolor desconocido y probablemente insignificante como inspiración, como un transe de empatía. Generalmente salen cosas buenas. Son pocos los que los entiende y a estas alturas no pido que todos lo entiendan, sólo que sepan esperar a que se me pase, yo también quiero, no soy masoquista (al menos no tanto).